Soy una mujer haciéndose cargo de su niña interior

Y que a partir de un profundo camino de sanación y autoconocimiento, pasó de la sumisión, el silencio y la falta de límites, a la libertad de reencontrarse sin etiquetas, a reconocer todas sus emociones y a la capacidad de aceptar, con resiliencia, su historia y sus desafíos de vida, como una oportunidad para crecer.

Desde pequeña, me desenvolví en un hogar amoroso y natural, siendo la mayor de tres hermanos en una familia emprendedora y muy tradicional. Aunque ambos padres estaban involucrados en el negocio familiar, mi mamá se esforzaba por estar allí para nosotros, mientras que papá, enfocado en proveer, estuvo ausente la mayor parte del tiempo, pero siempre ejerciendo un control muy directo sobre nosotros. Hoy sé que cada uno, desde su estilo, hacía lo mejor que podía producto de sus propias historias y heridas. Les agradezco infinito por darme lo más grande que he podido recibir: la vida y grandes valores.

Después de
mis primeros 6 años

Siendo genuinamente yo, comencé a sentir una gran presión por cumplir expectativas externas: ser obediente, seria y madura… y sin notarlo empecé a ser una  «niña buena» para complacer a otros. Esta etiqueta me llevó a reprimir mis emociones, a ser complaciente y a tener dificultades para comunicarme asertivamente y establecer límites. Yo creí que así debía ser para recibir aprobación, sentirme amada y aceptada por mi entorno.

Así transcurrió mi infancia y adolescencia; siendo madura y muy exigente conmigo misma. Me casé y me convertí en mamá a muy temprana edad, siguiendo el ejemplo de mis padres. Elegí a un esposo con deficiencia auditiva de nacimiento, con quién seguí demostrando cuán buena podía ser y qué capacidad tenía para asumir grandes decisiones y responsabilidades.

Luego de 5 años de matrimonio, a mis 27 años estaba viviendo el reto más grande que como mujer pude tener: mi nena pequeña (de 9 meses de nacida) atravesaba un diagnóstico de cáncer pediátrico y yo al frente, dándolo todo para salir airosos de esta prueba. 

 

Pude pelearme con el cáncer, pero en ese momento solo lo acepté como un gran maestro. El cáncer me permitió sentirme muy acompañada y me ayudó a conectarme con una fuerza interior que no conocía hasta ese entonces. Hoy le agradezco profundamente al cáncer por todo lo que me enseñó.

 

En las salas de oncología pediátrica, mientras observaba cómo otros padres vivían esa enfermedad de cara a sus tesoros… donde la frustración, el dolor y la impotencia estaban a la orden del día, nació un sueño: ayudar a otros padres. Allí se empezó a forjar mi propósito, pero no fue sino años después que pude notarlo. Dos años pasaron y logramos ser sobrevivientes del cáncer.

Nunca más pude ver la vida de la misma manera como la veía antes. A partir de ese momento ante cada prueba comencé a tener una mirada curiosa que me invitaba a ver los retos como oportunidades. Empecé a ver los desafíos con lentes amarillos; así los nombro. Lentes de luz, esperanza y curiosidad hacia el aprendizaje. Sin duda luego de esa experiencia, algo había cambiado en mi interior. Ese desafío fue tan retador como aleccionador y a partir de él crecí como mujer, madre y persona. Esta prueba también me reveló la fórmula que actualmente enseño a otros, para crecer en medio de sus desafíos de vida:

Evolución = aceptación + gratitud + acción

Para alcanzar evolución y crecimiento en la vida acepta todo lo que te pase, agradece porque seguro hay un para qué en lo que vives y acciona, enfocándote en lo que sí puedes cambiar: tu actitud.

Luego de superar el cáncer. migramos y siguieron las pruebas y retada por la adolescencia de mi hija mayor, a sus 13 y a mis 37 años, emprendí el viaje más maravilloso que he podido tener: el viaje de conocerme a mí misma.

Buscando herramientas para que ella fuera una niña buena como yo, la vida me puso frente a la Luiza niña y herida que estaba en mi interior. Para poder conectar con mi nena fue necesario conectar conmigo primero y allí la vida me invitó a detenerme; cuestionarme, conocerme realmente y reconciliarme conmigo misma y cuánto había vivido. Este viaje me motivó a pararme de tanto hacer y empezar a ser y estar, para mi y para otros.

 

En este viaje, por primera vez enfrenté los dolorosos recuerdos del abuso sexual que viví en mi infancia y adolescencia (de los cuales jamás había me había atrevido a hacerme cargo), así como las proezas de mantenerme 1000% resiliente mientras encaraba el cáncer años atrás. Caí en conciencia de cuánto me exigía a mi y a los que me rodeaban, de lo retador que había sido el alzheimer que recién atravesamos con mi suegro, de lo valiente que era y cómo tanta fuerza para enfrentar cada reto me había pasado facturas altas en lo emocional, en lo físico y en mis relaciones más significativas. La verdad no estaba teniendo relaciones auténticas para entonces porque mis patrones de “niña buena” me lo impedían: callaba, cedía, sobre exigía , juzgaba en mi interior y complacía para evitar problemas: todo para sentirme amada, cubrir expectativas y buscar el bienestar de todos por encima de lo que yo sentía y pensaba.

Hilando todas
mis experiencias…

Reconociendo cuánto había crecido a partir de cada desafío y desarrollando una empatía sin igual ante las emociones de otros en medio de sus pruebas, descubrí mi propósito: acompañar a otros a superar sus propios retos. Desde la educación (mi carrera base), sumergida en la filosofía de Disciplina Positiva y haciendo uso de las herramientas del Coaching, empecé a acompañar a otros padres en situaciones difíciles, especialmente relacionadas con la crianza y la familia.

Mi viaje de sanación me motivó a escribir dos libros que titulé «De Niña Sumisa a Mujer Libre» y «Camino al Corazón», donde comparto herramientas, mis vivencias y aprendizajes. Luego de superar tanto, he encontrado en mi propia historia una fuente de propósito y un motivo para conectar con otros desde el amor y la autenticidad.

Hoy, mi mensaje va más allá de la crianza consciente

Desde mis experiencias y herramientas, hoy ayudo a mamás, maestros y personas que se sienten desafiados en sus relaciones a transformar esos desafíos en oportunidades para crecer. Les acompaño en su propio Camino al Corazón para que redescubran su esencia, abracen su historia, sanen sus heridas y alcancen conexión y bienestar emocional.

En todo lo que hago y comparto hablo de ésto: conexión, pertenencia, vínculos y crecimiento personal, muchas veces desde el ámbito de la crianza consciente y responsable y siempre desde la mirada de las relaciones basadas en respeto mutuo.

Te invito a unirte a mi comunidad

Explorar tu propio viaje de autoconocimiento y bienestar personal. Estoy aquí para acompañarte en cada paso del camino.

Gracias por llegar hasta aquí. Esta soy yo, esta es mi historia, y gracias a ella, hoy puedo conectar contigo.

Te abrazo con cariño y gratitud.

Luiza.

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